La capital se ha convertido en el gran plató cinematográfico del momento con motivo de la grabación de la nueva y esperada película de Woody Allen. A sus noventa años, el célebre director encabeza la filmación de su largometraje número cincuenta y uno, un acontecimiento histórico para los cinéfilos que está dejando instantáneas inolvidables por diversos rincones de la ciudad y que cuenta con la financiación y colaboración institucional del Ayuntamiento y de la Comunidad de Madrid.
Escenarios emblemáticos y sabor castizo
El equipo técnico y artístico ha transitado ya por la mitad de su plan de trabajo. Las cámaras se han instalado en enclaves tan representativos como la calle Colón en Malasaña —con grabación en un establecimiento centenario—, el barrio de Justicia y el histórico tablao flamenco de El Corral de la Morería. A estos espacios se suman la Plaza de Oriente y las previsiones de rodaje en la literaria Cuesta de Moyano, un enclave que encaja a la perfección en el universo estético del realizador.
La ruta de la producción también ha impregnado de elegancia las exclusivas calles del Barrio de Salamanca, concretamente en los alrededores de Jorge Juan y la calle de Puigcerdá. No obstante, el cineasta ha compaginado estas intensas jornadas laborales con sus tradicionales paradas culturales y de lujo en la ciudad, alojándose en el distinguido Hotel Ritz y rindiendo una visita al Museo del Prado, del cual destacó su incomparable pinacoteca tras contemplar obras maestras de Goya.
Una trayectoria europea y el peso del guion
Este nuevo proyecto se suma a la etapa europea de la filmografía del director, consolidada tras rodar en capitales como Roma, Londres o París ante las dificultades para trabajar en su Nueva York natal. Aunque algunas localizaciones iniciales, como los exteriores previstos en Aranjuez, sufrieron modificaciones de última hora, el resultado final promete plasmar la esencia madrileña en la gran pantalla.
Durante la presentación del rodaje en los Teatros del Canal, el propio creador restó importancia a los factores externos en el éxito de una obra cinematográfica y reivindicó su faceta literaria por encima de todo. «Si la película es mala, no es culpa del director ni de los actores», defendió, recordando que la autoría de sus guiones sigue siendo el pilar fundamental de su exitosa carrera.
Fuente: El Mundo